Esta vez no se despertó por la alarma que la atormentaba de lunes a viernes. El sol juguetón se colaba por las rendijas de la persiana.
Maria abrió los ojos tímidamente mientras se hacía la
remolona en la cama. Con el dedo le dio suavemente a un botón de su equipo de
música y empezó a sonar Cero de Dani Martín.
Se levantó de la cama y vio en su cama el libro con el
que se durmió ayer. Esa historia de amor le encantaba, ya era la tercera vez
que se leía el libro y le encantaba volver a sentir esos sentimientos.
Cogió el libro con cuidado y lo dejó sobre su
escritorio, junto a esa caja dónde guardaba las cartas de su amado. Le echaba
muchísimo de menos.
Hizo la cama lo más
rápidamente posible y abrió su enorme armario. Realmente, Maria vivía como una
princesa. Cogió unas mallas de color granate y una camisa. De su joyero sacó
unos accesorios preciosos, que estilizaban muchísimo el look.
Se arregló el pelo y
se puso un gorrito muy cuco. Bajó tarareando una canción por las escaleras y se
dio cuenta que estaba sola. ''Seguramente mamá ya habrá salido a trabajar''
pensó Maria.
¿De qué le servía tener toda la ropa, maquillaje y
zapatos que quisiera si luego estaba todo el día sola? Su madre pasaba el
tiempo en el trabajo, y su padre... En realidad, Maria nunca había conocido a
su padre.
Entró en la cocina con una sonrisa y se preparó un
rico desayuno. Hoy iba a ser un gran día para ella, y lo sabía.
Hacía más de tres meses que no veía a Daniel, su
chico. Ella vivía en Madrid, y él en Rumanía, a más de mil kilómetros de
distancia. A pesar de ello, nunca decidieron dejarlo, su amor era más fuerte
que unos simples números, que una simple distancia.
Se llamaban a diario, hacían vídeo-llamadas, y lo que
más le gustaba a Maria; se enviaban bonitas cartas cada vez que podían.
Se querían, y de verdad.
Miró el reloj que había colgado en la pared de la
cocina y se dio cuenta que en cualquier momento podría llegar.
Respiró hondo y el timbré sonó.
Daniel ya estaba aquí.







